La primera reacción fue la curiosidad.
Algunos conductores bajaron la velocidad del auto para ver de qué se trataba. Otros regresaron la cabeza mientras caminaban. Un policía se acercó a observar y a hacer preguntas. También lo hicieron otros representantes de entidades municipales preocupados por quién ocupa el espacio público, quién se atrevía a romper las reglas establecidas y qué fines comerciales había detrás.
No los había. Era una sala.
Un espacio de Zona Azul pagado, un sofá de tres puestos, dos bancas, una mesa, revistas, plantas, un parasol y la invitación sencilla de quedarse un rato.
La primera edición de La Sala se instaló en la intersección de República de El Salvador y Portugal, en Quito. Durante varias horas, un espacio pensado normalmente para el tránsito y la circulación se transformó en un lugar para estar y compartir.
Llegaron los primeros amigos. La dinámica fue fantástica. Parecía que hubieran entrado por la puerta de una casa en el momento en que atravesaban las líneas azules y blancas de la Zona Azul. Una vez adentro, la sensación era de estar en un lugar seguro y de confianza. Estábamos en la sala.
Quienes necesitábamos café cruzamos la calle y compramos en la cafetería para traerlo a la mesa. Por la inexistente ventana de cielo a suelo, vimos los autos pasar, el parterre de palmeras y plantas y, por detrás, la vereda por donde caminaban los transeúntes.
Con los invitados que llegaban nos pusimos al día sobre la logística, la intención de estar ahí y también, hasta cierto punto, sobre la vida. También con los curiosos.
Una familia que había llegado desde Ambato para acompañar a dos corredores de las Últimas Noticias se unió a la conversación. La mamá pintó mandalas. Los hijos aprovecharon para descansar las piernas después de la carrera.
La sala quedó corta.
Mientras seguían llegando más invitados, se armó un grupo con más sillas donde se habló de urbanismo, de ciudad y de proyectos. Para ese entonces, en la mesa principal ya se había organizado una partida de Telefunken con nuevos jugadores que sacaron fichas, cartas y una libreta para anotar los resultados de la ronda de los dos tercios, hasta que llegó la pizza.
Durante cuatro horas, personas que probablemente nunca se habrían encontrado en otro contexto compartieron el mismo espacio.
La Sala nació desde una idea de crear un lugar donde amigos, vecinos y ciudadanos podamos encontrarnos y compartir, sin apuros y sin protocolo.
Las ciudades están llenas de espacios para transitar y cada vez menos espacios para quedarse o conectar con personas desconocidas. Muchas veces, permanecer en un lugar implica consumir algo. Sentarse a conversar fuera de casa suele requerir una cuenta o una membresía.
La Sala propone algo diferente. No es una cafetería. No es un evento. No es un stand.
Es una instalación urbana itinerante que busca recuperar la posibilidad de compartir auténticamente el espacio público con otros.
Y esta experiencia dejó una sensación difícil de medir en cifras. Más allá de las personas que participaron, estuvieron también quienes observaron desde lejos. Los que preguntaron. Los que sonrieron. Los que pitaron al pasar. Los que se quedaron mirando desde el otro lado de la calle intentando descifrar qué estaba ocurriendo.
Porque ver a personas reunidas sin comprar nada, en una sala instalada sobre un puesto de Zona Azul, resulta extraño.
Y quizá ahí está una de las pistas más interesantes de esta experiencia.
La confianza entre personas no nace en eventos ni en espacios pensados para producirla. Aparece en momentos pequeños, cuando alguien se sienta junto a un desconocido y conecta sin tener que justificarlo, cuando una conversación surge sin agenda previa o cuando varias personas comparten unas horas en el mismo lugar, sin necesidad de mucho más.
La Sala seguirá recorriendo Quito, instalándose en distintos barrios como una intervención temporal en el espacio público.
La primera experiencia dejó una impresión difícil de ignorar. No faltan espacios. Faltan excusas para habitarlos juntos.